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“¡Maradona, Maradona! Venga, va a entrar por Luque”, le dijo Menotti.

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27 de febrero de 2021
infobae.com

El recuerdo de la presentación absoluta del gran ídolo argentino en el equipo mayor con la camiseta celeste y blanca.

Esa tarde en la Bombonera me pareció que aquel ángel esbelto, enrulado y puro sería inmortal.

Todo lo ocurrido ese domingo 27 de febrero de 1977 fue bello; hasta la lluvia vertical del crepúsculo que terminó siendo un alivio para la multitud pegajosa y abrumada por la pesadez del aire.

La selección nacional es el rostro de la gente después de los partidos. Y aquel equipo que se preparaba para el Mundial 78? despertaba satisfacción, admiración y sonrisas en las calles del desfile en el retorno a casa.

Pero aquella tarde, casi noche, ocurrió algo sin precedentes en la historia del seleccionado pues un sonido creciente comenzó a bajar con fuerza desde las tribunas sin resquicios del estadio de Boca. Fue cuando la multitud se hizo coro dejando caer en la silaba tónica su incipiente himno de amor: “¡Mara-dooó-na..!!!, Mara-doó-na…!!!”. El partido estaba 5 a 0 contra Hungría –terminó 5 a1– con dos goles de Luque y tres de Bertoni. ¿Y por quién pedían las tribunas y las plateas faltando 20 minutos para terminar el partido?: pedían por un chico que tenía 16 años y 4 meses, un jugador de Argentinos Juniors que había debutado en la primera cuatro meses antes. ¿En ese equipo de cracks pedían por un chico de la Juvenil a quien Menotti lo había citado por primera vez para entrenar con los grandes? Pero, ¿no es que estaban en la cancha Gatti; Tarantini , Olguin, Killer, Carrascosa; Ardiles, Gallego, Villa; Houseman, Luque y Bertoni? ¿Y de dónde los hinchas de todos los clubes sabían sobre la existencia de este pibe como para corear su nombre? Es que ese gorrión de negro y largo cabello enrulado no era un pibe, era un dios…


Por entonces el inolvidable maestro Juvenal (Julio Cesar Pasquato), escribió en El Gráfico de esa semana, (edición 2995 del 1-3-77?):

— “Muy buenos los cambios ordenados por César Luis Menotti. Primero, accediendo al pedido del público y haciendo ingresar al pibe Maradona. El partido estaba 5 a 0 y era el momento ideal para que un debutante absoluto ingresara con clima totalmente favorable para hacerse a la idea de que es hombre de la selección, para vivir el cosquilleo de la celeste y blanca sobre el pecho sin sentirse abrumado por la responsabilidad. Segundo, haciendo salir a Luque, figura del equipo, autor de un gol histórico, para que se fuera a bañar con una clamorosa ovación. Lo mismo ocurrió cuando hizo salir a Villa para que hiciera su debut internacional Jorge Benítez. La ovación que saludó la salida de Villa fue sencillamente emocionante. Vale decir que el único cambio que hizo Menotti buscando mejor rendimiento, haciendo salir a un jugador de su nivel, fue el de Houseman por Felman cerca del final. Eso también merece anotarse entre lo mucho de positivo que vivimos el domingo último junto a la selección nacional”.

En aquel debut, Diego había tocado 16 veces el balón en 25?. Fueron 8 pases muy bien jugados, 7 resultaron imprecisos y le hicieron un foul algo violento. Mientras transcurría marzo del 2000 y las noches de La Habana nos envolvían con su acariciante brisa tropical, Maradona me recordaba todos los detalles de aquel día. Obviamente se acordaba de todo con minuciosidad. Tal testimonio emocionado era para volcarlo en lo que luego sería “Yo soy el Diego de la gente”, su único libro oficial biográfico.

Fue en tal oportunidad que Maradona me contó y por tanto transcribí lo siguiente:

— No sé, me pasaban un montón de cosas, un mundo todo distinto y todo de golpe. Tan de golpe que aquel sueño mío, jugar en la Selección, se cumplió enseguida, cuando recién tenía once partidos en Primera, ¡once!.

— Como todo en mi vida, las cosas se iban dando demasiado rápido. Esto pasó a principios del 77?, apenas tres meses después de mi debut en Argentinos. Yo estaba con los juveniles y nos entrenábamos contra los mayores. Por eso Menotti, que era el técnico de la Selección mayor, siempre me veía jugar. A mí me había citado don Ernesto Duchini, que era un maestro, un verdadero maestro y jugábamos contra los grandes, contra Passarella, Houseman, Kempes, ¡todos monstruos!

— En una de esas prácticas parece que la rompí porque el Flaco me habló especialmente a mí. Cada palabra del Flaco era un silencio dentro mío, una cosa sepulcral... Porque el Flaco era, ¡era Dios! Y ahí estaba, me hablaba a mí solo. Me estaba anunciando que iba a jugar en el amistoso contra Hungría, ¡que iba a debutar en el Seleccionado! Esto lo conté una vez y no creo que ahora encuentre palabras distintas para hacerlo..., me agregó Diego emocionado. Y continuó:

— Cuando terminó la práctica, Menotti me llamó aparte y me dijo: ‘Maradona, cuando salga de acá vaya al hotel a concentrarse. Lo único que le pido es que no se lo diga a nadie. Si quiere, coménteselo a sus padres pero evite que se entere el periodismo. No me gustaría que se pusiera nervioso’.



— Lo tomé con calma. Al día siguiente, a la mañana, Menotti me volvió a hablar: ‘Quiero decirle que si el partido se resuelve favorablemente, si el equipo llega a golear, es posible que usted juegue’”, me dijo.

— Yo seguía tranquilo. No sé por qué, pero el anuncio me puso alegre y no me preocupó para nada. Además, todo dependía de cómo le fuera al equipo. El domingo 27, el gran día, el del partido, no desayuné. Quería descansar todo el tiempo posible, así que me levanté a las once. Me bañé y vi televisión en la pieza del hotel (Los dos Chinos) hasta las doce. Después bajé y estuve charlando con los muchachos hasta que fuimos a almorzar. Volví a mi habitación y estuve viendo otro rato la televisión. Salimos para la cancha de Boca a las tres y media de la tarde.-

— Cuando el micro estacionó en La Bombonera empecé a darme cuenta dónde estaba, qué me sucedía. Vi tanta gente que se acercaba, nos palmeaba y hasta nos gritaba consejos que empecé a sentir que me temblaban las piernas... ¡Parece mentira el miedo que te puede hacer sentir la gente!

— Primero se cambiaron los titulares. Después nosotros, los suplentes... Cuando aparecí en la cancha y escuché la ovación del público, los gritos, creí que todos me gritaban a mí, que todos miraban a Maradona. La verdad es que nadie me debe haber dado bolilla, pero yo sentí eso.

— Empezó el partido y enseguida, penal. Entonces pensé: “Bueno, esto es goleada, prepárate Diego”. Pero cuando el arquero lo atajó me di cuenta de que iba a ser muy difícil que jugara. Al toque llegó el golazo de Bertoni, y el segundo y el tercero... y cada gol que hacíamos era como si me entrara una hormiga más en el cuerpo. Si la cosa seguía así, iba a entrar, seguro.

— Yo estaba sentado al lado de Mouzo; después seguían Pizzarotti, el doctor Fort y Menotti. Iban veinte minutos del segundo tiempo cuando el Flaco me llamó: ‘¡Maradona!, ¡Maradona!’, dos veces me llamó. Me levanté y fui hasta donde él estaba. Me di cuenta de que iba a jugar. ‘Va a entrar por Luque’, me dijo Menotti. ‘Haga lo que sabe, esté tranquilo y muévase por toda la cancha. ¿Estamos?’. Eso me dio coraje. Empecé a correr haciendo precalentamiento y ahí fue cuando oí que la tribuna coreaba mi nombre. ¡Maradooó, Mara-dooó! No sé qué me pasó. Me temblaron las piernas y las manos. Era un ruido bárbaro; la tribuna gritaba, lo que me había dicho Menotti me sonaba en la cabeza, el Japonés Pérez me alentaba: ¡Vamos, Diego, con fuerza!, y todo se mezclaba. Lo digo honestamente: tenía un julepe bárbaro. La toqué enseguida. Sacó Gatti para Gallego y el Tolo me la dio a mí, de una. Lo hizo a propósito, me di cuenta de que era una gran muestra de compañerismo. Me la dio rápido para que tomara confianza, para que tuviera la pelota. Fue ahí cuando lo dejé solo a Houseman con un pase entre dos húngaros. Entonces me serené del todo. Me alentaba Villa, me cuidaba Gallego, Carrascosa me gritaba ¡buena, buena! aunque no la hiciera bien.

— Terminó el partido y el primer abrazo lo recibí de Gallego: ¡Así te quiero ver siempre, Diego! ¡Así! Me parecía mentira. Había pasado todo. Me fui a casa con papá y con Jorge Cyterszpiller. Cené y prendí la televisión para ver el partido. Me di cuenta de que me había equivocado varias veces. Le di una pelota a Bertoni a la derecha y el que estaba solo en la otra punta era Felman; quise gambetear a un húngaro y la enganché muy corta, me acordé de que en ese momento pensé hacerla larga y después me arrepentí; vi la patada que me dio un húngaro sin la pelota, pero por televisión duele menos. Después me fui a dormir. No soñé nada. Dormí como nunca…



Quienes fuimos a ver aquel partido hace 44 años, sabíamos que el debut de Maradona no sería un registro estadístico perdido en el esfuerzo de la memoria para poder ser evocado algún tiempo después. Sería, nada menos, que el primer hito del jugador más emblemático de la historia del futbol mundial. Además, capitán, líder, caudillo, símbolo y autor del más bello e inolvidable gol de todos los tiempos, el 2° contra Inglaterra en México 86?.

¿Qué muerte pudo quedarle bien a éste único ejemplar de su raza?; sólo una: la que en soledad y sin amor permitió que le llegara sin gambetearla…

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