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Seguir viviendo sin Riquelme

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DE RIQUELME Y BOCA JUNIORS
Del último enganche, Juan Román Riquelme. Y entre metáforas y comparaciones artísticas, nos habla del fútbol lírico y del fútbol negocio como oposición a lo que algún día fue. No es nostalgia lo que sigue en estas líneas, sí la certeza de no ver la razón de seguir viviendo sin Riquelme.

El cronista habla del enganche en el fútbol argentino.

No existe en el fútbol jugada más bella que la de pasarle la suela a la pelota (toda la suela) para soltarla por entre las piernas de un rival, que debe pasar de largo, para volver a buscarla. Es un camino de reencuentro, la más suprema esencia de todo lo que el fútbol debe ser y representar. “El arte no reproduce aquello que es visible sino que hace visible aquello que no siempre lo es”, afirmaba Paul Klee, que parece dar en la tecla al recordarnos que el arte es un ejercicio de introspección, de búsqueda interna y búsqueda, a la vez, del lenguaje para expresar lo que se encuentra. Por supuesto que en el mundo del arte el lenguaje no siempre se reduce a palabras y letras. Todo lo contrario: la mayor parte del tiempo tiene que ver con un lenguaje que no remite a la escritura.

Pues bien, basta con ejercer la memoria para encontrar en diversas jugadas de Juan Román Riquelme el mayor entendimiento de lo que el fútbol tiene que transmitirle al hincha parcial y al espectador neutral. Claro que esa capacidad artística no es aleatoria, ni siquiera, quizás, consciente de sí misma: el poeta es poeta por más que no plasme su sensibilidad, y si no escribe, ya encontrará canal para expresar su arte. Esto es, así como el poeta no puede evitar ser poeta, el enganche no puede evitar su forma de leer el juego y ejecutar jugadas. Quizás hasta a pesar suyo y a riesgo de caer en las lagunas de los genios. En el “aparece y desaparece” o “juega muy bien pero es disperso” o en los murmullos de las plateas locales. En el enganche, el talento es, verdaderamente, su genio amor.

Y si acaso no brillara el sol…

Y es que: si todo fuera arte, ¿qué sería el arte? El enganche no precisa aparecer los noventa minutos. Sobre la necesidad de contrastar el talento y lo aguerrido, podemos volver a Kerouac: “Si todo fuera verde, no existiría el color verde. Del mismo modo, los hombres no pueden saber lo que es estar juntos sin saber por otra parte lo que es estar separados. Si todo fuera amor, ¿cómo podría existir el amor? Por eso nos alejamos unos de otros en momentos de gran felicidad e íntima relación. ¿Cómo vamos a conocer la felicidad y la intimidad si no las contrastamos, como las luces?”. La tarea del enganche es mágica e incisiva, no prolongada. Aparece para meter una asistencia inimaginable, para abrir las piernas y dejar mano a mano a un compañero, para ponerle la suela encima a la bocha y sacar con la cola al rival cuando hay que hacer pasar los minutos.

La posición del enganche está en peligro de extinción, si no es que ya está extinta. Ya no hay Riquelmes, ni Garrafas Sanchéz, Bochinis, Betos Alonsos, Rojitas, o más acá en el tiempo, y salvando las distancias, Pipis Romagnolis, Pochos Insúas, Magos Ramírez. Y los que desarrollaron esa tarea tuvieron que reinventarse para adaptarse a la exigencia de un fútbol que prioriza resultados por sobre el juego, táctica por sobre la estrategia, esfuerzo por sobre el talento. Así vemos cómo uno de los últimos enganches, Andrés D’Alessandro, se tuvo que acomodar como volante por derecha en su (demorado) regreso a River; volante por derecha no tradicional, es decir, no carrilero que hace la banda (ida y vuelta), sino suelto, arrancando de la derecha al centro, con cierta libertad, pero siempre volviendo a esa franja.

Y quedara yo atrapado aquí…

En un fútbol donde la selección nacional juega contra Chile como jugaría Arsenal de Sarandí contra el Real Madrid, nada puede ya sorprendernos. Asistimos a la debacle total del fútbol argentino, una debacle largamente anunciada y que comenzó hace tiempo en sectores administrativos y burócratas. Sin embargo, el juego siempre había intentado mantenerse limpio, algo airoso. Hoy quedan ya pocos potreros, y no hay enganches… El negocio del fútbol se comió al juego del fútbol. No es algo nuevo, es un proceso que se viene dando de un tiempo a esta parte.

Pero escuchar cómo en un equipo en el que juega Messi la mayor ovación es para Mercado, pinta de cuerpo entero el panorama.

A ningún entrenador le interesa el buen trato de la pelota y aquellos que priorizan el salir jugando son tildados de locos, fundamentalistas y hasta casi terroristas del Isis, como Darío Franco, el Tata Martino (en su momento), Jorge Almirón y (también con matices) Marcelo Gallardo. Bielsa y Menotti merecen párrafos y análisis aparte. Hoy seduce al hincha mucho más tener un técnico como Falcioni, que te hace doler los ojos pero de a puntitos y llegando tres veces por partido, saca resultados.

No queda más que viento…

Y en esa debacle, el enganche. El enganche trata a la pelota como el poeta a la pluma, el pintor al pincel o el músico a la guitarra. Román lo sabía: “Siempre espero que la pelota me haga caso. Cuando la tratás bien, hace caso”, decía. Pero de dónde viene el enganche también define sus acciones, porque lo que se aprende en el potrero ya no se puede aprender en la pensión del club.

“Donde yo nací se jugaba por plata. Muchas de las mañas que tenía en Boca las aprendí jugando en Don Torcuato. Los domingos jugaba en el barrio y el miércoles, la Libertadores. Si llegaba el lunes, y tenía un dolor, Bianchi me decía ‘si no jugás el miércoles es culpa tuya’”, contaba Riquelme y nos recordaba de dónde venía.

Pero más allá de algunos casos aislados, hoy es difícil encontrar enganches en el fútbol argentino. Los que podrían ejercer esa posición son puestos a jugar de doble cinco, o “volante mixto” que le llaman. Ya no son los diez que la aguantan de espaldas y hacen lo impensado. Hoy tienen la cancha de frente pero reciben la pelota a 50 metros del arco rival.

Entonces, no pueden hacer mucho más que tocar a los costados, darle buen trato a la pelota pero muy retrasados. Lo hace Gago en Boca, Rojas en River, Nacho Fernández, quizás hoy algo más adelantado, ya no compartiendo el medio atrás con Ponzio. El enganche se transformó en eso, la prioridad no es la creación, sino ayudar a contener al otro cinco, como Aued en Racing u Ortigoza estando al lado de Mercier hace algún tiempo.

Buscando, siguiendo con la poesía, Alejandro Dolina nos da algunas pistas sobre qué es el fútbol en Las Crónicas del Ángel Gris: “En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios. Allí reconocemos la fuerza, la velocidad y la destreza del deportista. Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La nobleza y el coraje del que cincha sin renuncios. La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades. La traición del que lo abandona. La avaricia de los que no sueltan la pelota. Y en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto. Los Hombres Sensibles pensaban que el fútbol era el juego perfecto, y respetaban a los cracks tanto como a los artistas o a los héroes”. De la misma forma podríamos afirmar que el enganche es aquel que se rebela contra la conformidad, la mezquindad de técnicos que priorizan el arco en cero.

“Lo que me pasa es que cuando yo fui futbolista sólo pensaba en el club y en disfrutar de mis hijos y de mis amigos. Ahora, que dejé de ser profesional hace más de un año, me pongo a mirar algunos videos. Estoy muy agradecido a todas esas personas que hacen esos videos tan lindos, con música, con goles, con jugadas. Pero te juro que cuando miro pienso que es otro. No soy yo. Yo no puedo coordinar así, siento que es otra persona. Es un lujo verlo. Y me digo: ‘¿Eso me salía?’”, vuelve a decir Riquelme.

El talento innato surge, se expresa con o sin el consentimiento del sujeto. El artista no es más que un envase, un medio, un canalizador de lo creativo. La magia tiene que salir por algún lado, aunque hay que medir las dosis. Rimbaud lo sabía. Román lo sabe, posee ese saber rimbaudiano, esa mirada que dice “yo sé algo que vos no sabés”. No necesita hablar, no necesita aclarar nada. Tiene razón cuando nos dice: Yo es Otro.

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