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Tevez, Riquelme y las paradójicas razones de la idolatría

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Foto: clarin.com
Porque tiene facetas diversas la búsqueda y la aparición del personaje que surge en el reconocimiento popular, a veces por razones concretas -de habilidades o de personalidades avasallantes- y otras por circunstancias puntuales de algún hecho “heroico-deportivo” pero todo respaldado por la pertenencia y la fidelidad con la camiseta histórica del club.

Es muy difícil lograr una interpretación certera sobre la condición que define al ídolo futbolero.

Nadie puede recibirse de ídolo simplemente porque se lo proponga. Ni aun enarbolando un discurso dulce y conveniente para los oídos de la multitud seguidora. Tampoco alcanza con el talento si no está complementado con gestos que definan liderazgos. Por la transmisión del propio juego. O por el temperamento contagioso. Hay escalas, claro. Mayores y menores. Pero no son muchos los ídolos-ídolos, los indiscutibles. Los que dejan marcas. Los que provocan adhesiones incondicionales. Que perduran. Además, los ídolos saben que están expuestos a cumplir con los requisitos indispensables de la correspondencia al afecto que generaron.

Es ídolo Bochini, por ejemplo. Por su habilidad intuitiva, por su imagen de anti-atleta, porque sólo usó la camiseta roja de Independiente y por los títulos que ayudó a conseguir. Y lo fue (y lo es) el Beto Alonso, en River, por la calidad estética de su juego, por su nacimiento en el club, su salida y rápida vuelta, y porque fue partícipe del retorno a los títulos después de 18 años de frustraciones.

Diego Maradona rompió las reglas. Porque pasó la fronteras. Se hizo ídolo internacional, por su capacidad inigualable, por su origen, por ser responsable directo de un título mundial de la Selección y porque proyectó al Napoli italiano a alturas inéditas.

El caso de Lionel Messi es particular. Es ahora el mejor jugador del mundo. Y se ganó la idolatría del respeto por su juego supersónico y por todos sus récords en el Barcelona. Pero como no jugó en el fútbol argentino le quedó pendiente el plus de la permanencia con una camiseta local.

Hay muchos ídolos del pasado. Cuando el fútbol era más romántico y menos urgente. A Angelito Rojas lo puso en Primera la presión de la gente de Boca, a los 18 años, después de que con su cintura mágica y sus amagos provocara una avalancha en la tribuna visitante en el viejo Gasómetro de San Lorenzo, jugando en la Reserva. Y su debut produjo un efecto tan fenomenal que se recordó por muchos años. Atorrante, informal, atrevido, incluso poco profesional, pero con habilidad nata, condiciones que incentivan la proyección hacia la idolatría. Y más si el origen es de carencias verdaderas. El caso del Loco Houseman, de Huracán, lo define. O el del Burrito Ortega, en River, también.

Carlitos Tevez -con todos esos matices- se transformó en el Jugador del Pueblo después de debutar exitosamente en Boca. Se fue por muchos años. Y triunfó en todos lados. Volvió a su club de cuna a una edad (31) en la que le quedaba rollo para seguir sumando fortunas afuera. Pero se arriesgó y llegó con una oración de pertenencia y fidelidad a la camiseta prometiendo quedarse hasta el final de su carrera. Se llenó la Bombonera en su presentación aunque no hubiera un partido para disputar. Fue campeón -como casi siempre- en el primer torneo. Después vivió la frustración en la Libertadores, el principal objetivo de su regreso, según él mismo, y los dirigentes que lo contrataron. Aunque esa dirigencia tenía intenciones más concretas: ganar las elecciones y tratar de tapar el recelo que había provocado la salida -desprolija y obligada- de un ídolo fundamental: Juan Román Riquelme, el jugador más importante de la historia moderna del club y del fútbol argentino. Riquelme representaba la figura del ídolo por su capacidad incomparable para “entender el juego” y ejercer su liderazgo y su rebeldía en todas las circunstancias. Por eso Boca lo dejó ir a Argentinos Juniors primero y al retiro después. Se pretendió hacer el canje ídolo por ídolo para conformar a la gente. Pero -sorpresivamente- por razones de “incomodidad” declaradas por Tevez y por un silencioso y monumental arreglo económico, Carlitos eligió irse a China. “Imposible rechazar semejante cifra (40 millones de dólares por temporada)”, se dijo, con razón. Pero la idolatría no se guía por razones, por millonarias que sean. Además, el sentimiento del hincha no se mezcla con la plata de los protagonistas. Tevez no se atrevió a despedirse aquí. Mandó un video desde Oriente. Y dejó una estela de desencanto. ¿Quedó en riesgo su idolatría? Se verá. Mientras tanto, la de Riquelme parece crecer en el retiro. Paradojas de los sentimientos populares futboleros.

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